MEMORIAS DE UN LUTHIER

Caminar por La Candelaria es andar a través de un mundo de historias. En la carrera primera con calle 11, una luz se asoma tímidamente desde el interior de una casa antigua, incluso un domingo, cuando el lugar parece estar desolado. Desde afuera veo a un señor mayor concentrado en el oficio de construcción y reparación de guitarras; desde afuera veo a un Luthier haciendo su trabajo.

Entro al taller de Enrique Rodríguez, quien trabaja en el barrio La Concordia desde hace más de 36 años. Me cuenta que su padre –llamado también Enrique– fue quien lo inició en el oficio, cuando era apenas un chico de 11 años.

 

Su padre se convirtió en Luthier en los años 40 en el taller de los Padilla, fundadores de una fábrica de guitarras en San Victorino. Enrique (padre) como trabajador del negocio sufrió los estragos del 9 de abril de 1948, ya que las protestas de ese día hicieron desaparecer el taller. Un heredero de los Padilla instaló un taller en La Candelaria, lugar que años después Enrique (padre) decidió comprar y en donde enseñó a sus hijos su arte.

 

En 1983, la familia Rodríguez vio el taller ser consumido por las llamas. A pesar de ello, Enrique y dos de sus hijos –Leónidas y Pablo–, decidieron continuar con el negocio en el barrio Montebello, al sur de Bogotá; Enrique (hijo) se aferró tanto a este lugar, a sus tradiciones, al ambiente y a la gente de la Candelaria que decidió continuar su trabajo de Luthier a tres casas del viejo local de su padre.

 

 

Enrique dice que ya no fabrica tantas guitarras como antes, debido al cambio cultural de la música de cuerdas y a los elevados precios de las maderas, provocados por la deforestación. No obstante, día a día Enrique batalla para dar fuerza a un oficio que se resiste a desaparecer

 

 

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